Tampones, bolsas, preservativos, colillas, la dieta letal de las tortugas del Mediterráneo

No le pega a la arena blanca de Racó d’en Xic, una de las calitas que conforman las playas de Comte, incluida en todos los rankings de paraísos naturales más bellos del mundo, el cadáver de una tortuga boba. Pero el primer fin de semana de marzo el mar abandonó en el suroeste de la isla de Ibiza a un par, y también un cachalote de ocho metros, al que las olas prepararon de madrugada un lecho de basura.

Verónica Núnez, oceanógrafa del Centro de Recuperación de Especies Marinas de Ibiza, se llevó la tortuga de Racó d’en Xic a su laboratorio para confirmar lo que ya sospechaba, que sus intestinos archivaban el legado de la civilización. Su interior de 63 centímetros, considerado en peligro de extinción desde 1996, no se distinguía de una papelera: un tapón de botella, una pinza, envoltorio de helado, corcho, piezas de madera, restos de bolsas, plástico duro, un pedazo de porexpán, jirones de tela. También se había comido una ironía, la etiqueta incorrupta de un producto ecológico de venta en supermercados.

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Pero “no era de las peores”, repasa Verónica. Al parecer le faltaban algunos clásicos: tampones, palitos de helado, vasos de plástico, Chupachups, colillas, preservativos. A veces hay celofán, a veces globos, que salen de entre las vísceras luciendo sus colores originales. Su ausencia no evitó las evidencias “de una muerte atroz, seguro que muy dolorosa” y tras semanas de agonía, según explica la oceanógrafa y demuestra un intestino perforado en varios tramos. Incapacitado para digerir la basura y, especialmente, el plástico, que las tortugas devoran con pasión al confundirlo con uno de sus alimentos favoritos, las medusas.

Cuando se producen estas lesiones las bacterias entran en el torrente sanguíneo y mueren de septicemia. Aunque el abanico de torturas que puede ocasionar la basura marina es amplio. Hay ulceraciones, hay hemorragias. A veces el tapón se queda en la garganta, no puede alimentarse y muere de inanición. Otras le impide evacuar las heces, se acumulan gases en el intestino y no puede bucear para buscar alimento o esquivar una amenaza.

Especialmente cruel, y por desgracia no único, fue el caso de Coxy, apadrinada por el dj Carl Cox como símbolo de la lucha contra el plástico en el Mediterráneo. Coxy flotaba hace un par de veranos al oeste de Baleares. Portaba en sus aletas delanteras una mochila de redes y tres botellas de Coca-Cola con tapones en caracteres árabes. La carga la mantenían a flote y sin poder sumergirse para buscar comida. Cada vez que lo intentaba las redes le rebanaban las aletas delanteras, que llegaron al Centro de Recuperación de Ibiza parcialmente seccionadas. Allí, una dosis de vitaminas y aceite vegetal la hizo defecar durante días una sopa de plástico argelino, heces con caracteres arábigos.

El biólogo del Consell Insular de Ibiza, Jaume Estarellas, explica que durante dos semanas de cada verano vientos del sur y sudeste arrastran toneladas de basura sobre la superficie del mar por los 250 kilómetros que separan Baleares de la costa del norte de África, donde muchas playas se han convertido en vertederos de basura.

Aunque Coxy ya regresó al Mediterráneo su esperanza de vida, que debía ser de casi 50 años, ha quedado reducida a menos de la mitad. Además del peligro de las artes de pesca y de la pérdida de zonas de desove, su hábitat natural incluye, según Toni Muñoz, de la organización ecologista mallorquina GOB, un continente de plástico al sur de Formentera, a pequeña escala del que existe en el Pacífico.

Las tortugas boba están incluidas en la lista de animales amenazados en peligro de extinción de la Directiva de Hábitats, el Convenio de Barcelona y el Convenio de Especies Migratorias. Nada que haya impedido al ser humano convertirlas en los basureros más bellos de la naturaleza.

Su población sigue disminuyendo rápidamente, al tiempo que aumenta la recolección de cadáveres. En 2009 la Conselleria de Medio Ambiente del Govern balear contó hasta catorce tortugas muertas en todo el archipiélago. En 2016 fueron quince, pero solo en Ibiza y Formentera. La práctica totalidad con tapones de plástico en algún tramo de su aparato digestivo.

Verónica da charlas en los colegios de la isla, muchos de los cuales tienen los pupitres a escasos metros de la orilla. “¿A alguno se le ha escapado alguna vez una bolsa por el viento o habéis tirado vuestro palito de Chupachups al suelo? ¿Cómo sabéis que no ha sido vuestra bolsa o vuestro palito el que ha matado a esta tortuga?”, les suelta a niños de siete y ocho años, que nada más salir al patio recogen toda la basura que encuentran a su paso. “Con los adolescentes es más difícil, la mayoría reconoce que ni recicla, creen que no pueden cambiar nada y es muy frustrante“, lamenta la oceanógrafa.

Un equipo de científicos liderados por el CSIC, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, publicó el pasado otoño un estudio que indicaba que en el Mediterráneo el 97% de los residuos son plástico. También que solo en superficie ya había 147.500 partículas por metro cuadrado, y que la mayoría tienen menos de cinco milímetros.

El material se está colando en la cadena trófica y podría tener “importantes consecuencias en la salud humana”, advierte Luis F. Ruiz-Orejón, del CSIC. Ecologistas en Acción ya ha documentado la presencia de microplásticos en peces de gran valor comercial como el arenque, la caballa, los atunes del Mediterráneo y el bacalao del Atlántico. En febrero los noruegos sacaron treinta bolsas de plástico, algunas del tamaño de sacos, de una ballena, pero nuevos estudios ya dicen que los seres microscópicos que componen el plancton marino también comen microplástico.

En 2017 llegarán al mar 9 millones de toneladas de plásticos en todo el mundo. Al parecer la cantidad se incrementa cada año y la previsión es que en 2025 se duplique. “Si cada diez años doblamos lo que tiramos al océano, no hay forma de mantenerse al día. Es como si te pusieras a pasar el aspirador en el salón y hubiera alguien en la puerta con una bolsa de polvo y un ventilador. Por mucho que aspires, nunca conseguirás mantenerlo limpio”, dijo Chris Wilcox, de la Commonweal Scientific and Industrial Research Organisation, a National Geographic.

El profesor de la Universidad de Exeter (Inglaterra), Brendan Godley, apuntó en Journal of Marine Science que “casi todo el plástico que entró en el mar todavía está allí”. De hecho la National Oceanix and Atmospheric Administration de EEUU, a quien Trump acaba de cortar el presupuesto, hizo un póster. Allí ponía que en el mar una colilla tarda de uno a cinco años en descomponerse, una bolsa de plástico de diez a veinte, una lata 200, y una botella de plástico, si la hubiera tirado Cristóbal Colón, aún estaría dando vueltas.

En la Universidad de Queensland, Australia, también abren tortugas, en concreto verdes y laúd, y han publicado en la revista Conservation Biology que ahora mismo están tragando plástico al doble de velocidad que a finales del siglo XX.

En Europa se están empezando a poner las pilas para eliminar, de momento, las bolsas de plástico. Cada español gasta una media de cien al año, según el Gobierno. La Eurocámara se ha marcado bajar a 90 en 2019 y a 40 en 2026. Sin embargo en lugares como la isla de Formentera ya no existen. Su gobierno local calcula que en solo un año se han librado de 1,74 millones.

El Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente (MAPAMA) quiere adelantar al 1 de enero de 2018 la prohibición de que los comercios las distribuyan gratuitamente. Para la misma fecha el Ayuntamiento de Palma pretende eliminar las de un solo uso, y se quiere hacer extensiva la medida a toda la isla de Mallorca.

Aunque son apenas el 15% del total no se lo están poniendo fácil. La patronal del comercio se pregunta por los árboles que habrá que cortar para hacer bolsas de papel y los pequeños comerciantes piden más tiempo.

Fuente: http://www.elmundo.es/baleares/2017/03/13/58c58e0146163f5c388b4647.html

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